El espíritu de sor Virtudes escribió esta entrada:
Estáis deseando conocer la carta que dejé a Gutapercha, pero es ella quien tiene que desvelar o no su contenido. Entretanto y mientras sor Ella sigue con siete vueltas de llave en su celda, os hago llegar mi humilde saber y entender sobre el porqué de su encierro. No dejo juicio alguno, sino el testimonio de lo que observé en vida y en muerte. Solo me atrevería a hacer una recomendación saludable: Que sor Ella deje de andar desnuda por el mundo y que sor Amor se cambie el hábito por uno más cómodo que no le impida sentir ni dejarse sentir.
Sor Ella y sor Amor se amaban desde siempre, aunque hablasen diferentes idiomas y sus hábitos estuviesen hechos de distinto material. Solamente la piel era capaz de traducir los sentimientos de ambas a un lenguaje común que nadie más podía entender sino ellas mismas. Así, cuando se desnudaban, bastaba el roce de la yema de los dedos para que se iniciara la transmisión de emociones. Ya en ese momento comenzaban a escuchar y comprender las palabras de amor y de ternura que vestidas no podían entender una de la otra. En el aire sonaban cada vez con más fuerza todas aquellas palabras ahora traducidas por la piel: te quiero, te deseo, mi amor, mi vida, quédate conmigo, te amo.
Estáis deseando conocer la carta que dejé a Gutapercha, pero es ella quien tiene que desvelar o no su contenido. Entretanto y mientras sor Ella sigue con siete vueltas de llave en su celda, os hago llegar mi humilde saber y entender sobre el porqué de su encierro. No dejo juicio alguno, sino el testimonio de lo que observé en vida y en muerte. Solo me atrevería a hacer una recomendación saludable: Que sor Ella deje de andar desnuda por el mundo y que sor Amor se cambie el hábito por uno más cómodo que no le impida sentir ni dejarse sentir.
Sor Ella y sor Amor se amaban desde siempre, aunque hablasen diferentes idiomas y sus hábitos estuviesen hechos de distinto material. Solamente la piel era capaz de traducir los sentimientos de ambas a un lenguaje común que nadie más podía entender sino ellas mismas. Así, cuando se desnudaban, bastaba el roce de la yema de los dedos para que se iniciara la transmisión de emociones. Ya en ese momento comenzaban a escuchar y comprender las palabras de amor y de ternura que vestidas no podían entender una de la otra. En el aire sonaban cada vez con más fuerza todas aquellas palabras ahora traducidas por la piel: te quiero, te deseo, mi amor, mi vida, quédate conmigo, te amo.
El hábito de sor Ella era de seda de algodón y casi nunca llevaba cofia porque le impedía oír bien. Aunque más de una vez en la vida se había dejado aconsejar sobre vestimentas protectoras y se las había llegado a poner, se daba cuenta de que así no podía sentir y se las quitaba de inmediato. Ella siempre prefería sentir aún a costa de ser vulnerable. Por eso, si no llevaba aquel hábito era porque estaba desnuda.
El hábito de sor Amor era de malla de acero, largo y pesado, adornado de pequeñas púas brillantes, que cubría todo su cuerpo desde la punta de los dedos de pies y manos hasta el cuello. Por cofia llevaba una escafandra insonorizada de cristal irrompible.
Sor Amor se sentía vulnerable sin su hábito y, para que notase que no corría peligro alguno mientras estaban juntas, sor Ella se le acercaba desnuda y la abrazaba, a pesar de causarse arañazos y pinchazos por todo el cuerpo. Mientras tanto, ambas se decían palabras de amor que la otra no podía oír por aquella escafandra insonorizada de sor Amor. Sor ella le decía ¡desnúdate!, pero sor Amor no la escuchaba. Se lo decía con gestos y sor Amor negaba y negaba con el miedo en los ojos detrás de su cristal irrompible. Aunque desde dentro de su escafandra gritase ¡te quiero, sor Ella! y desde fuera sor Ella le gritase ¡te quiero, sor Amor!, ninguna podía oír a la otra.
Sor Amor dejó de quitarse el hábito y la escafandra durante mucho tiempo. Solamente una vez en aquel tiempo, mientras se abrazaban, sor Ella consiguió que sor Amor accediera a quitarse un guante y de ese modo, aunque sor Ella se estuviera arañando con el hábito de sor Amor, ambas se durmieron mientras la piel de las manos de ambas traducía en sentimientos dulces las palabras sordas de una y otra.
Pasó mucho tiempo hasta que sor Ella decidió una noche dejar de gritar palabras que sor Amor no podía escuchar. Se cansó de desnudarse, de dejarse arañar, de no poder notar los sentimientos de sor Amor. Suponía que estaban ahí ocultos detrás de su hábito de metal y su escafandra de cristal irrompible, pero a fuerza de no sentirlos dejó de creer que existieran. Nunca más pudo conseguir que sor Amor se desnudase, ni siquiera una mano, para amarse juntas por lo menos a través de unos centímetros de piel. Sor Ella le cambió a sor Amor el nombre por el de sor No, a la vez que se sentía morir por las heridas, la incomunicación y el abandono. Fue entonces cuando tiró la toalla, hizo salir del convento a sor No y se encerró en su celda con siete vueltas de llave.


