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viernes, 16 de diciembre de 2011

De amor, pasión, pareja y migajas

Soy el espíritu de Sor Virtudes, abadesa en funciones post mortem desde el día 9 del corriente mes de diciembre, fecha en la que sor Ella se encerró con siete vueltas de llave en su celda, en la que yo me cuelo por la puerta o por los muros -para algo soy incorpórea- cuando quiero espiarla o hacerle compañía. Sigue condolida y callada. De tarde en tarde acepta la visita de algunas hermanas con las que comparte secretos y ternuras, solo de aquellas que visten hábitos ligeros o van desnudas, y siempre de una en una.

Conmigo le gusta hablar porque dice que más sabe la diabla por vieja que por diabla, y más si ya ha llegado a la calidad de espíritu puro. Ella cuando quiere hablar de un tema empieza por una pregunta, algo por lo que a sor No se la llevaban los demonios, porque decía que daba mil rodeos para llegar a un punto. A mí, en cambio, me gusta darle bola. ¡Lo que aprendí yo en vida perdiéndome en rodeos! El otro día me preguntó:

- ¿Se puede vivir sin amor?

Quise saber más antes de responderle, porque a mi saber y entender no es sano vivir sin amor, tanto el no darlo como el no recibirlo causan tristeza y un montón de patologías. Pero no sé si ella quería preguntarme eso exactamente o más bien...

- ¿Te refieres a vivir sin pareja?

- No, sor Virtudes, me refiero a vivir sin amor. Sor No me dijo que yo no sabía vivir sin amor; llevo días reflexionando sobre eso y me parece que yo no sabría, no podría o, por lo menos, no querría. Creo que no sé vivir sin amor, pero tú has afinado bien con tu pregunta porque ella piensa que lo que no sé hacer es vivir sin pareja.

- ¿Y sabes?

- Ya ves, estoy viva.

- Pero no eres feliz.

- No soy feliz porque la quería y lo nuestro fue un querer y no poder de las dos. Me agoté.

- Está claro que querer y no poder no lleva a ninguna parte, solo a la frustración. Y ahora te pregunto más: ¿Estás enamorada?

- ¿De quién?

- De ella, de alguien.

- Casi siempre en mi vida estoy enamorada, de ella o de alguien -Una respuesta a medias que me dejó con la curiosidad en vena.

- ¿Y siempre que te has enamorado has vivido ese amor en pareja?

- No siempre, pero frecuentemente. Enamorarme y que se enamoren de mí implica unos deseos por ambas partes de estar cerca, de compartir muchas cosas... Y luego el sexo, el sexo me gusta, todo lo que conlleva, que no es solo el sexo puro y duro, es mucho más, es la gloria ¿y qué mejor que vivir la gloria muchas veces con quien me gusta a morir?

- Creo que ahí sor No te tiró una carga de profundidad, para hacerte creer de ti misma que te conformas con migajas con tal de tener una compañía permanente. Hay mujeres y hombres que lo hacen. ¿Has compartido cama y piel con alguien de quien no estuvieras enamorada?

- Claro que sí, muchas veces, pero no más de unas horas. Sor No sabe bien lo que hago con las migajas.

- Entonces sabes vivir sin pareja, pero te cuesta vivir sin pasión.

- No sé si es pasión la palabra justa, pensaré en ello.

La dejé con sus pensamientos. Enamorada casi siempre, dice ella. ¿Lo estará?

sábado, 10 de diciembre de 2011

Sor Ella, sor Amor y sor No

El espíritu de sor Virtudes escribió esta entrada:

Estáis deseando conocer la carta que dejé a Gutapercha, pero es ella quien tiene que desvelar o no su contenido. Entretanto y mientras sor Ella sigue con siete vueltas de llave en su celda, os hago llegar mi humilde saber y entender sobre el porqué de su encierro. No dejo juicio alguno, sino el testimonio de lo que observé en vida y en muerte. Solo me atrevería a hacer una recomendación saludable: Que sor Ella deje de andar desnuda por el mundo y que sor Amor se cambie el hábito por uno más cómodo que no le impida sentir ni dejarse sentir.

Sor Ella y sor Amor se amaban desde siempre, aunque hablasen diferentes idiomas y sus hábitos estuviesen hechos de distinto material. Solamente la piel era capaz de traducir los sentimientos de ambas a un lenguaje común que nadie más podía entender sino ellas mismas. Así, cuando se desnudaban, bastaba el roce de la yema de los dedos para que se iniciara la transmisión de emociones. Ya en ese momento comenzaban a escuchar y comprender las palabras de amor y de ternura que vestidas no podían entender una de la otra. En el aire sonaban cada vez con más fuerza todas aquellas palabras ahora traducidas por la piel: te quiero, te deseo, mi amor, mi vida, quédate conmigo, te amo.

El hábito de sor Ella era de seda de algodón y casi nunca llevaba cofia porque le impedía oír bien. Aunque más de una vez en la vida se había dejado aconsejar sobre vestimentas protectoras y se las había llegado a poner, se daba cuenta de que así no podía sentir y se las quitaba de inmediato. Ella siempre prefería sentir aún a costa de ser vulnerable. Por eso, si no llevaba aquel hábito era porque estaba desnuda.

El hábito de sor Amor era de malla de acero, largo y pesado, adornado de pequeñas púas brillantes, que cubría todo su cuerpo desde la punta de los dedos de pies y manos hasta el cuello. Por cofia llevaba una escafandra insonorizada de cristal irrompible.

Sor Amor se sentía vulnerable sin su hábito y, para que notase que no corría peligro alguno mientras estaban juntas, sor Ella se le acercaba desnuda y la abrazaba, a pesar de causarse arañazos y pinchazos por todo el cuerpo. Mientras tanto, ambas se decían palabras de amor que la otra no podía oír por aquella escafandra insonorizada de sor Amor. Sor ella le decía ¡desnúdate!, pero sor Amor no la escuchaba. Se lo decía con gestos y sor Amor negaba y negaba con el miedo en los ojos detrás de su cristal irrompible. Aunque desde dentro de su escafandra gritase ¡te quiero, sor Ella!  y desde fuera sor Ella le gritase ¡te quiero, sor Amor!, ninguna podía oír a la otra.

Sor Amor dejó de quitarse el hábito y la escafandra durante mucho tiempo. Solamente una vez en aquel tiempo, mientras se abrazaban, sor Ella consiguió que sor Amor accediera a quitarse un guante y de ese modo, aunque sor Ella se estuviera arañando con el hábito de sor Amor, ambas se durmieron mientras la piel de las manos de ambas traducía en sentimientos dulces las palabras sordas de una y otra.

Pasó mucho tiempo hasta que sor Ella decidió una noche dejar de gritar palabras que sor Amor no podía escuchar. Se cansó de desnudarse, de dejarse arañar, de no poder notar los sentimientos de sor Amor. Suponía que estaban ahí ocultos detrás de su hábito de metal y su escafandra de cristal irrompible, pero a fuerza de no sentirlos dejó de creer que existieran. Nunca más pudo conseguir que sor Amor se desnudase, ni siquiera una mano, para amarse juntas por lo menos a través de unos centímetros de piel. Sor Ella le cambió a sor Amor el nombre por el de sor No, a la vez que se sentía morir por las heridas, la incomunicación y el abandono. Fue entonces cuando tiró la toalla, hizo salir del convento a sor No y se encerró en su celda con siete vueltas de llave.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Salgo un ratillo de la clausura

Tenemos un encuentro entre hermanas de la Orden y, por primera vez en mucho tiempo, salgo de la clausura. Me siento virgen y casi inmaculada. Desconozco cómo afrontaré la vida extramuros, aunque algo me dice que será como un delicioso aperitivo. 

De excursión, con lo puesto y el set de supervivencia
Entretanto, tras haber practicado las exequias fúnebres en honor de sor Virtudes, con la pompa y boato que su vida y su muerte han merecido, estamos como quien dice con la mosca detrás de la oreja por no haber tenido noticias de Gutapercha de Jabariego y Gerúndiez, destinataria de la misteriosa misiva que la anciana y jubilada abadesa dejó para ella. Grandes han de ser los secretos que esconde o grande el dolor por la pérdida de la que ella llama Virtuchi, o ambas cosas.

Un abejorro marrón ha revoloteado durante todo el día de hoy por el aire de mi celda. Según las viejas tradiciones, eso significa que antes de una semana recibiré una visita muy agradable. Quién sabe, lo mismo son chifladuras de gente antigua... o no.

Nos vemos a mi regreso. Entretanto, sed buenas, hermanas.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Sor Virtudes ha muerto, viva sor Raimunda



Han pasado once días desde que se presentó a nuestras puertas una desconocida que ingresó en el convento bajo el nombre de sor Casta. Su misión personal: autocastigarse. Once días y todavía no se ha autocastigado, se le han pasado las ganas. Es más, participa activamente en el huerto, en la cocina, en la limpieza, y ríe sin parar. La magia intramuros tiene sus efectos milagrosos. Hoy día forma parte de nuestra comunidad de pleno derecho. Ya puede participar en las tertulias de la hora sexta y gozar sin restricciones de la liberté, la egalité y la sororité que se respiran en el convento.

Anteayer quedó con la antigua abadesa nonagenaria (y sorda), sor Virtudes, para charlar y merendar juntas. Sor Hortensia preparó para la ocasión sus galletas de la virgen María, aparte de café, bollos y tetillas de monja que les sirvió sor Terita. Aún no sabemos cómo transcurrió la merienda, aunque nos consta que se prolongó hasta el amanecer, porque sobre medianoche sor Casta pasó por aquí y dejó esta nota:
yujuuuuuuuuuuuuuu!!!!! iba pa la cochina a coger más galletitas. Y es que no me llegnan, creop que adelgabzan porque siento que vuelo.

Venía a pregungar si de verdaz Sor Virtudez no oye, yo creo que si porque mientras cenatamos y charlagamos me miraba mu fijab y se reía muchov. Voy a seguif chazlando.

Manana a la hora esa ya te cuenxo máz
A la hora sexta (la hora "esa" según sor Casta), no se presentó a la tertulia, pero había dejado una nota dirigida a mí que decía lo siguiente:

Querida sor: 
Encontrábame yo esta mañana algo desorientada, perdida, sin rumbo. Sor Virtudes no me hacía caso y decidí salir a pasear por el jardín.  
El aire frío espabila, eso dicen, pero al acercarme a la tapia oí una voz de mujer que me siseaba ssssssss, sssssssssss, sor Castaaaaaaaa, me llamó a gritos. No recuerdo bien su nombre, era algo como grillo y me dijo unas cosas, ay sor, que cosas me dijo. 
Estoy llorando Sor, lloro, y es que cuando no puedo dejar de reir se me saltan las lágrimas.  
La conversación ya te la susurraré al oido que me da yuyu que me lea el grillo pero por las diosas de tu convento yo pido, pedir no, exijo que se me cambie el nombre a Sor Raimunda pero antes avise a las hermanas de que no me llamen Rai que me suena a mata-cucarachas. 
Ahora voy a cambiarme de ropa y a conectarme por internet que de lo que necesito aquí no hay. 

Sor Ex-casta.
¡Misterioso! No entiendo nada.

Viendo que sor Virtudes no acudía tampoco a la tertulia, un destacamento se acercó a su celda. Allí estaba sobre el catre, boca arriba, rejuvenecida, con una dulce sonrisa y, sobre todo, muerta. En las manos tenía un sobre dirigido a Gutapercha de Jabariego y Gerundiez. Aún desconocemos los secretos que contiene.

Sor Virtudes se ha marchado feliz como vivió. Sor Casta pasa a denominarse sor Raimunda. Le ha sentado muy bien la estancia en el convento y sor Virtudes le deja en herencia su celda, la número 9. Estaba escrito y firmado sobre su mesa: Lego mi celda a sor Raimunda, hermana y amiga del alma.

¡Sor Virtudes ha muerto, viva sor Raimunda!